INMACULADA ECHEVARRÍA

No es justo
vivir así,
quiero una muerte digna
y sin dolor.

El 18 de octubre de 2006, Inmaculada Echevarría, una mujer de 51 años, desde los 11 años con una enfermedad degenerativa llamada distrofia muscular progresiva, declaraba públicamente en el hospital de Granada donde vivía desde hacía 9 años conectada a un ventilador mecánico: «mi vida no tiene más sentido que el dolor, la angustia de ver que amanece un nuevo día para sufrir, esperar que alguien escuche, entienda y acabe con mi agonía»; «lo único que pido es la eutanasia; no es justo vivir así».

Días después Inmaculada comunicó al hospital San Rafael de Granada su rechazo a la respiración artificial, un tratamiento que la mantenía con vida. Su solicitud fue enviada a la Junta de Andalucía que, tras obtener un dictamen ético y jurídico, acordó que la paciente tenía pleno derecho a rechazar el tratamiento, debiendo de ser sedada previamente para evitar el sufrimiento en la agonía.

Cinco meses después de su petición pública, el 14 de marzo de 2007, moría Inmaculada, en el último momento trasladada a un hospital público ante las reiteradas presiones que el Vaticano ejerció sobre la Orden de San Juan de Dios para que la desconexión no se produjera en un hospital católico.